¿Un ‘genio político’ o basura blanca en la Casa Blanca?

Uno de los placeres de leer el libro de Michael Wolff sobre la Casa Blanca es imaginarse al presidente de Estados Unidos haciendo lo mismo.

Puedes visualizarlo vestido para jugar al golf, caminando dando pisotones y recorriendo de arriba a abajo los alojamientos presidenciales, gritando por su teléfono móvil. Mientras lo hace, su característica peluca comienza a desmoronarse, dejando al descubierto su calva.

¿Quien lo convenció para permitir que ‘Judas’ Wolff – un “asiento semipermanente en un sofá en el ala oeste” – realizara 200 entrevistas? ¿Dónde están las transcripciones? Él las quiere todas sobre su mesa por la mañana.

¿Cuántas otras “hirvientes, autocompasivas y no solicitadas llamadas telefónicas se deben estar haciendo ahora?.

El sábado recurrió a ‘Twitter’ para defenderse de acusaciones de ser mentalmente inestable, tranquilizando a sus seguidores diciendo que en realidad es un “genio muy estable”. Esto a su vez dio inicio a todo un debate acerca de la aptitud mental del presidente para la Oficina Oval y la posibilidad de utilizar la Enmienda 25 para destituirlo.

La luz que arroja Wolff sobre el ocupante de la Casa Blanca es dura e implacable.

Sorprendido y asombrado por el éxito de su propia campaña, en la que se mostró reacio a invertir su propio dinero, Trump nunca ha seguido la convención con lo que significa convertirse en presidente de Estados Unidos. Él no escucha, y cuando lo hace, actúa con el asesoramiento de la última persona en acorralarlo.

Es incapaz de tener juicio. Está obsesionado por los medios de comunicación y es esclavo de ellos.

Ivanka, su hija, hacía tiempo que había descubierto la manera de hacer presentaciones exitosas para su padre.

Ella le dijo a su protegida, Dina Powell, según relata Wolff: “Hay que pulsar los botones de su entusiasmo. Él puede ser un hombre de negocios, pero los números no son lo suyo. No es un jinete de las hojas de cálculo. Sus chicos de los números lidian con las hojas de cálculo. A él le gustan los grandes nombres. Le gusta la visión general, le gusta verla y causar impacto”.

Trump se volvió aburrido, apático e irritable con cosas pequeñas, los detalles, procesos, o incluso, a la hora de informarse sobre lo que realmente estaba pasando.

Lo que necesitaba era algo grande, una demanda particularmente improcedente para el estado volátil y vulnerable del mundo.

“Las cosas grandes, necesitan grandes cosas”, dice frecuentemente con ira. “Esto no es grande. Necesito algo grande. Tráeme algo grande. ¿Sabes lo que es grande?”.

Esta fue la forma en la que la mente inquieta, pero realmente vacía, de Trump se fijó en Oriente Medio.

“No tenía paciencia de verse de manos atadas en el hastío del orden posterior a la guerra fría, sentía que el tablero de ajedrez estaba parado, con movimientos incrementales en el mejor de los casos. Siendo su única alternativa la guerra. Su visión fue muy simple: ¿Quién tiene el poder?; dame su número”.

Y, del mismo modo, describió Wolf: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo: Si Trump tenía un punto de referencia fijo en Oriente Medio, era – sobre todo cortesía de la tutoría de Michael Flynn (ahora ex asesor de seguridad nacional) – que Irán era el malo de la película. de ahí que todo el mundo en oposición a Irán era bastante bueno“.

Pero también fue así cómo Oriente Medio se decidió para Trump.

‘Una curiosa alineación’

El príncipe Mohammed bin Salman (MbS), por su parte, valoró el hecho de que el yerno de Trump, Jared Kushner, no se había ganado su posición como enviado de la Administración para Oriente Medio en virtud de todo lo que había logrado personalmente, sino únicamente por el hecho de que él era un miembro de la familia. Esto da consuelo a un miembro de la familia real saudí, porque es exactamente así cómo se hacen las cosas en casa.

Wolff observa “una curiosa alineación” entre Trump y MbS en que ninguno tiene ningún tipo de educación fuera de sus respectivos países.

“Saber poco los hizo sentirse extrañamente cómodos unos con otros. Cuando MbS se ofreció a Kushner como su hombre en el reino de Arabia Saudita, fue ‘como conocer a alguien agradable en su primer día de colegio’, dijo el amigo de Kushner”.

El viaje de mayo a Riad, en 2017 era grande. Los saudíes compraron de inmediato $110 mil millones de dólares en armas a Estados Unidos y un total de $350 mil millones en 10 años. Los saudíes hicieron una fiesta de $75 millones, sentando en un trono a Trump, y transportando a la familia en carros de golf de oro.

Trump llamó a casa para decir a sus amigos lo fácil que eran las relaciones exteriores y la forma en que Obama había estropeado todo. Antes del viaje no tenía nada más que elogios para su yerno.

“Jared ha vuelto a los árabes totalmente de nuestro lado. Trato hecho”, aseguró en una de sus llamadas después de la cena antes de salir en el viaje. “Va a ser hermoso”.

“Él creía”, dijo la persona a la que llamó, “que este viaje podría tirar de él, como un giro en una película mala”.

Esto fue todo en cuanto a la diversión. Ahora, viene el horror.

Incluso si descuenta el 20% de lo que cuenta Wolff -por tener a Bannon como fuente, o para exagerar el efecto-  el 80% restante es simplemente demasiado abrumador. Imagínese la sangre subiendo a las caras de los aliados de Estados Unidos a medida que leen lo disfuncional que es el hombre que ocupa la Casa Blanca. El instinto de líderes extranjeros que dependen de sus relaciones militares o económicas con Estados Unidos será poner la mayor distancia posible entre ellos y este hombre auto-inmolado, este perdedor en la Casa Blanca.

Cualquiera que no se haya rescatado de esta presidencia decadente es probable que ya esté políticamente muerto, y esto incluye a Trump, Kushner, Ivanka, y la embajadora de la ONU, Nikki Haley. Los que han saltado del avión siniestrado, como el ex jefe de estrategia Steve Bannon, probablemente también lo estén.

El mismo efecto tóxico que el presidente Trump está teniendo en las tasas de ocupación de su cadena hotelera también pronto será sentido por aliados de Estados Unidos. Pronto, no va a ser una buena idea compartir una plataforma pública con él. Theresa May no tendrá ninguna prisa para hacer que la visita de Trump a Reino Unido, como jefe de Estado, tenga lugar.

La gran idea de un gran avance en Oriente Medio ha terminado antes de que comenzara. Su administración va a sembrar su venganza contra el presidente palestino, Mahmoud Abbas, el único interlocutor que podría haber tenido para ello, por haber dirigido la reciente votación de la ONU contra el anuncio de Trump de que está trasladando su Embajada a Jerusalén.

Desfinanciar la UNRWA, la agencia de la ONU que proporciona alivio a las escuelas y los palestinos, es sólo el comienzo de la misma.

Un camión demoledor

La rabia de Trump es tan perjudicial como lo fue su entusiasmo, porque, como señala Wolff ,la desventaja estructural de Trump como presidente es su incapacidad para casarse con la causa y efecto.

Incluso, Benjamin Netanyahu, el líder israelí que tiene más que ganar de Trump y está utilizando el vacío político creado por Trump para anexar los asentamientos alrededor de Jerusalén, debe tener dudas sobre el daño que Trump puede hacer.

El Estado de Israel no puede silenciosa pero persistentemente empujar sus fronteras más y más en Cisjordania si la alfombra financiera se saca de debajo de los pies de la Autoridad Palestina, un cuerpo que por encima de cualquier otro ha ayudado a Israel a alcanzar su período más barato de la ocupación. Bajo la AP, los palestinos se ocupan de ellos mismos.

Durante décadas, la política de Israel se basa en mantener a los palestinos “a dieta”, como un ex asesor del primer ministro tan delicadamente dijo, en los diversos recintos que había construido para ellos.

Esto significaba equilibrar la opresión abierta con medidas de soporte vital. La última cosa que necesita para la continua expansión de Israel es que la economía palestina y el sistema social colapsen por completo, que es donde la rabia de Trump ante la reacción de la ONU a su traslado de la Embajada a Jerusalén lo está guiando.

Del mismo modo, las potencias europeas que ayudaron a negociar el acuerdo nuclear con Irán deben estar teniendo pensamientos graves sobre la capacidad de Trump para destruir uno de los pocos logros en política exterior de una Administración de Estados Unidos.

Trump es un camión demoledor, al mando de una bola de demolición muy grande. Estados Unidos no puede ser aislado o sometido a sanciones. Su economía es demasiado grande para eso, y el mundo es demasiado dependiente de ella.

Hay, por supuesto, un lado positivo en la era Trump.

En un aspecto Trump es correcto. Las últimas tres Administraciones, y muchas más antes que ellas, habían llevado el mal a Oriente Medio.

Pero su lógica funciona como decir que debido a que los últimos tres equipos de desactivación de bombas no han logrado neutralizar la bomba de 500 kilos que los obreros descubrieron en tu sótano, ¿por qué no tratar de cortarla por la mitad tú mismo con la amoladora angular que te regalaron en Navidad?.

Así que además de destruirse a sí mismo, que estoy convencido es lo que está haciendo, Trump es capaz de derribar mucho más junto a él. Con sus aliados árabes en Arabia Saudita, Egipto y Emiratos Árabes Unidos por un lado y el consenso internacional sobre Israel por el otro. El status quo es proteger a Israel de cualquier intento de aislarlo internacionalmente. Trump podría exponer a Israel a la necesidad de sanciones internacionales, como ningún otro presidente antes de él.

Trump también está recreando una izquierda real en Estados Unidos, por la que merece nuestra gratitud eterna. El neoliberalismo en el país y el neoconservadurismo en el extranjero contó con el apoyo de todos los Partidos. Lo que Bush continuó en Irak, Clinton lo inició en la Rusia postsoviética. Esa época está real y verdaderamente terminada.

Esto no quiere decir que Trump no puede iniciar una guerra. La forma en que fue persuadido para bombardear Siria por su hija, que le mostró imágenes de los niños sirios gaseados, es reveladora. El presidente no está sopesando argumentos sino imágenes. Pero significa que no puede ganar una guerra.

Cuando en el futuro, hagamos una crónica sobre el inestable inicio de un nuevo siglo, el sagaz retrato de Wolff será parte de otra potencial exposición en una galería creciente de evidencias. Podría ser una portada bien visible en la futura exposición montada por el Museo Smithsoniano de Historia Americana en Washington titulada: “Fin del imperio”.

Los Imperios se derrumban cuando se vuelven demasiado costosos y existe demasiada carga política para gobernar por sus élites. Esto está sucediendo ahora en Washington. Sí, se trata de un presidente, fundamentalmente no apto para Oficina, pero también es cierto que el propio Trump es un producto del fracaso, y el fracaso pertenece al colectivo más que a un presidente y su Administración.

En este sentido, la bola de fuego y furia de Trump le está haciendo un favor al mundo. Le está obligando a replantearse el orden mundial sin Estados Unidos. Eso tiene que ocurrir antes de que algo cambie.

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