Cuando Israel empieza a parecerse a Azerbaiyán, hay un problema

La semana pasada, la orquesta sinfónica israelí de Jerusalén participó en el X Festival Internacional de Gabala (o Qabala), en el norte de Azerbaiyán.

El director general de la orquesta, Yair Shtern, contó al Jerusalem Post que “la relación entre Israel y Azerbaiyán es una alianza positiva y estratégica. Azerbaiyán es un verdadero modelo del diálogo entre civilizaciones y religiones. La tolerancia y la multiculturalidad son fundamentos clave de la sociedad azerí.” Uno de los directores del X festival de Gabala, Dmitry Yablonsky, añadió que “en numerosas ocasiones, el Estado de Israel ha expresado su aprecio por la calidez y la actitud única del presidente [azerí] Ilham Aliyev hacia la comunidad judía.”

Esta imagen optimista de tolerancia y coexistencia contradice el último informe de Amnistía Internacional en Azerbaiyán. Como introducción a su evaluación de 2017/2018 de los derechos humanos en el país, Amistía observa que: “las autoridades [azeríes] intensificaron su represión contra el derecho a la libertad de expresión, particularmente tras descubrirse un gran escándalo de corrupción política. Los medios de comunicación independientes fueron bloqueados y sus dueños detenidos.”

 

“Los críticos del gobierno continúan enfrentándose a una persecución política y a encarcelamientos tras juicios injustos. Varias muertes sospechosas bajo custodia todavía no han sido investigadas.”

 

    El informe de Amnistía sobre Azerbaiyán parece una guía de la política israelí: repleta de corrupción, cada vez mayores represalias contra los críticos con el gobierno, encarcelamiento de periodistas y una serie de leyes que penalizan a las minorías del país. Las acciones del gobierno de Israel son muy similares a las del de Azerbaiyán, con sus historial dudoso de derechos humanos escondido tras un barniz de tolerancia. Con una larga historia de relaciones con un país tan cuestionable, no debería sorprendernos que Israel empiece a parecerse mucho a Azerbaiyán.

Mientras el mundo veía cómo Estados Unidos inauguraba su embajada en Jerusalén y cómo los palestinos eran asesinadosdurante la Gran Marcha del Retorno de Gaza el 14 de mayo, una delegación de altos cargos azeríes visitaba Israel. La reunión supuso el primer encuentro de un comité económico inter gubernamental establecido para reforzar los lazos entre ambos países y examinar formas de promover la relación económica, comercial y empresarial, según informó Haaretz.

 No era la primera vez que se reunían las delegaciones israelí y azerí. En diciembre de 2016, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, visitó el país de Asia central. Durante su discurso, el presidente de Azerbaiyán, Aliyev, reveló que “de momento, los contratos entre empresas azeríes e israelíes respecto a la compra de equipamiento de defensa rozan los 5.000 millones de dólares.” Al parecer, uno de estos contratos incluyó la venta de un “dron suicida” israelí a Azerbaiyán. El dron, que utiliza ondas de radar o radio para localizar a un objetivo y después lo ataca hasta destruirlo, fue grabado en abril de 2016 sobrevolando Nagorno-Karabalh, una región disputada que ha sido el núcleo de las tensiones entre Armenia y Azerbaiyán desde 1991. El Washington Post calificó el uso del dron como “una de las primeras instancias de dicha arma siendo utilizada en combate”, y supuso un hito decisivo en los acuerdos militares entre Israel y Azerbaiyán.

Israel es bien conocido como prolífico exportador de armas; sin embargo, las relaciones israel-azeríes no se limitan a las ventas de equipo militar. Políticamente, ambos países consideran a Irán como su enemigo regional. Middle East Eye (MEE) sugirió que la vieja lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” es una fuerza importante de su cooperación. MEE añade que, por su parte, “Teherán considera esta relación como una amenaza para su seguridad, y afirma que Azerbaiyán sirve como base para la recopilación de inteligencia israelí y que ofrece el potencial para preparar un ataque militar.”

Aunque no se ha confirmado oficialmente, se cree que la agencia de inteligencia israelí, Mossad, tiene puestos de escucha en suelo azerí para supervisar a Irán. Se desconoce hasta dónde llega esta cooperación, pero EEUU cree que sus lazos son fuertes – en 2012, Foreign Policy informó de que, según cuatro importante diplomáticos y cargos de inteligencia estadounidenses, “los israelíes han comprado un aeródromo, y el aeródromo se llama Azerbaiyán.” Después de que Foreign Policy publicará este artículo, un portavoz azerí negó que su gobierno hubiera permitido este acceso a Israel.

Azerbaiyán también tiene algo que Israel no puede producir: petróleo. Middle East Eye sugiere que “casi la mitad de las importaciones petroleras de Israel se originan en Azerbaiyán. Eso supone una compra anual de unos 40 millones de barriles, o 5,5 millones de toneladas de petróleo en crudo, con un valor de 1.500 millones de dólares.” Desde su construcción en 2006, el oleoducto de Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC) ha permitido bombear petróleo en crudo del Mar Caspio a través de Azerbaiyán, Georgia y Turquía. Dos años después de la construcción del oleoducto, Haaretz informó que “es probable que Israel esté en camino de convertirse en un puente de transporte de petróleo en crudo hacia el Lejano Oriente”, citando un plan de la Empresa del Oleoducto de Eilat-Ascalón (EAPC) que generaría el transporte de petróleo azerí en petrolero desde Turquía a Ascalón, en la costa mediterránea de Israel. Después, el petróleo sería bombeado por oleoductos a Eilat, en el Mar Rojo,  y después cargado en otra serie de petroleros para transportarlo a Asia oriental.

Parece que los lazos entre Israel y Azerbaiyán se han fortalecido mucho más allá de la participación de un festival cultural relativamente desconocido. En el contexto geopolítico más amplio, con los enemigos y las incentivas económicas que comparten estos dos países, quizá esto no debería sorprendernos. La elección de amigos de un país dice mucho de su gobierno – y cuando Israel aclama a un régimen conocido por su corrupción, represión y persecución de sus minorías, quizá es hora de mirarse en el espejo.

Últimamente, el gobierno israelí de Netanyahu le ha hecho la competencia a Azerbaiyán. En junio, aprobó una ley que prohíbe filmar a soldados israelíes de turno, con condenas de cinco a diez años de prisión. Esta medida se ha interpretado como el último intento de Israel de reprimir a los grupos y activistas humanitarios que documentan las violaciones contra los derechos humanos a manos del ejército israelí, después de que una serie de casos de alto perfil como el de Ahed Tamimi o Abdel Al-Fattah Al-Sharif provocaran la condena internacional.

Israel también tomó medidas contra los medios y los críticos de su ocupación de los territorios palestinos. En agosto, las autoridades israelíes encerraron al periodista palestino Mohammed Muna bajo detención administrativa, y le retendrán sin cargos o juicio durante otros seis meses. Israel ha detenido a siete periodistas palestinos en tan sólo una semana de agosto, algo que el Club de Prisioneros Palestinos ha descrito como “una intensificación peligrosa contra la libertad de información en Palestina.”

Los críticos internacionales con Israel tampoco se han librado. En julio, dos importantes activistas conocidos por sus críticas contra el gobierno israelí no pudieron entrar al país. La primera, Ariel Gold, era una gran partidaria de la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) y de CODEPINK, una ONG de izquierdas que trabaja para acabar con las guerras y ocupaciones financiadas por EEUU. La segunda, Ana Sánchez Mera, también estaba afiliada con el BDS y fue acusada de pretender causar “grandes daños a Israel.”

En los últimos años, el propio Netanyahu se ha visto envuelto en un escándalo de corrupción que ha amenazado con su acusación. Actualmente, Netanyahu está siendo investigado por cuatro casos separados de corrupción, llamados Caso 1000, Caso 2000, Caso 3000 y Caso 4000, respectivamente. Otros, incluida la esposa del primer ministro, Sara Netanyahu, y el magnate de los medios israelíes, Shaul Elovitch, también están implicados en las investigaciones, lo que plantea dudas sobre hasta qué punto esta corrupción es endémica entre los altos cargos del establishment israelí.

Netanyahu también ha declarado la guerra a las minorías de Israel. Se esforzó personalmente para que se aprobara la polémica ley del Estado-nación, que declara a Israel como Estado judío y despoja al árabe de su estatus como idioma nacional. Esta medida ha provocado la ira de las minorías de Israel, particularmente de la comunidad drusa, que, durante décadas, ha sido leal al Estado y ha servido en el ejército.

En todos los campos, el gobierno israelí de Netanyahu juega a un juego peligroso. La corte de regímenes corruptos y represivos como el de Azerbaiyán no hará que se disipe la atención de los espectadores – de que Israel está caminando hacia un futuro opresor impulsado por una mezcla tóxica de nacionalismo de derechas, conservadurismo religioso y pragmatismo económico. Sin un esfuerzo coordinado, Israel no cambiará este rumbo.

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