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diciembre 17, 2018

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A 36 años de Sabra y Shatila: las masacres jamás juzgadas

2018/09/19, 03:28


A 36 años de Sabra y Shatila: las masacres jamás juzgadas

Obviamente no hay posibilidad de confirmarlo, pero Dios debe haberse anonadado al contemplar a ese grupo de genocidas que los días 16, 17 y 18 de septiembre de 1982 actuando en su nombre- se colaron en los campamentos de refugiados palestinos, sitios en Beirut occidental (El Líbano), para disparar a mansalva sobre miles de seres humanos indefensos.

Obviamente no hay posibilidad de confirmarlo, pero Dios debe haberse anonadado al contemplar a ese grupo de genocidas que los días 16, 17 y 18 de septiembre de 1982 actuando en su nombre- se colaron en los campamentos de refugiados palestinos, sitios en Beirut occidental (El Líbano), para disparar a mansalva sobre miles de seres humanos indefensos.

La guerra del Líbano llevaba ya varios meses, y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), dirigida por Yasser Arafat, había ridiculizado bélicamente al fortísimo ejército israelí, el cual decidió –por primera vez- sitiar una ciudad árabe: Beirut. Con la excusa de que la OLP, desde el sur del Líbano, atacaba posiciones del norte de Israel (a pesar de que la resistencia palestina llevaba meses sin atacar dichas zonas para no forzar una eventual invasión), el Ministro de Defensa israelí, Ariel Sharon, lanzó a decenas de miles de combatientes por tierra, mar y aire hacia El Líbano en una operación que Tel-Aviv llamó “Paz para Galilea”.

El gobierno de Israel había asegurado que en menos de 72 horas sus tropas desalojarían de Beirut y del Líbano a los combatientes de la OLP, eliminando a la vez a los aliados de esa organización, la Izquierda Libanesa. Sin embargo, la fría realidad fue bastante distinta ya que la resistencia duró 88 días y dio paso a lo que luego se conoció como el “Asedio a Beirut”, donde por primera vez Israel sitió una capital árabe.

Con posterioridad a esos 88 días, y con un Líbano prácticamente destruido y sin servicios básicos de agua y electricidad, la OLP acepta la mediación de Naciones Unidas, la cual ofrece a los combatientes palestinos dirigidos por Arafat abandonar El Líbano y dirigirse hacia Túnez, sin tener que defenderse de ningún tipo de ataque bélico.

Por su parte, Estados Unidos, a través de su emisario Philip Habib, garantizó a Arafat y a la OLP el cuidado de los miles de civiles palestinos que quedarían en los campos de refugiados, a través de una fuerza multinacional compuesta por soldados italianos, franceses y estadounidenses: Lo cierto es que más allá de las promesas, ninguno de los contingentes mencionados estaba cumpliendo su cometido en el momento que las fuerzas nacionales palestinas abandonaban la zona rumbo a Túnez según lo acordado con la ONU.

Desgraciadamente, con la OLP fuera del Líbano, las posibilidades de vengar lo que se consideraba una derrota para (Israel) -que no sólo debió luchar durante largos 88 días y hubo de soportar cientos de bajas ocasionadas por grupos guerrilleros libaneses-, eran muy altas, más aún si Tel-Aviv había inundado el planeta con una machacante propaganda anti-árabe que, como ya es habitual, contaba con el irrestricto y extendido apoyo de EEUU.




Miles de indefensos Refugiados Palestinos son masacrados






A 36 años de Sabra y Chatila: 38 horas de horror, un crimen imposible de olvidar.


Los días 16, 17 y 18 de septiembre de 1982 son recordados con horror por el mundo civilizado, pues el odio y la barbarie extendieron sus negras alas para permitir que se llevara a cabo una salvaje masacre contra la población civil indefensa, sellando así el más oscuro, cobarde y trágico episodio de la guerra en el Líbano.
Los días 16, 17 y 18 de septiembre de 1982 son recordados con horror por el mundo civilizado.

Ariel Sharon, Ministro de Defensa israelí, al mando del ejército judío que ocupaba El Líbano, no sólo entabló relaciones cercanas con los líderes falangistas cristianos de Beirut (particularmente con Elia Hobeika, fanático jefe de la milicia y del clan Gemayel), sino que inventó audazmente una serie de infundadas aseveraciones para mantener tensa la atmósfera en la zona, particularmente el 11 de septiembre de 1982 cuando señaló que “dos mil terroristas” se encontraban en los campos de refugiados de Sabra y Shatila.

Un hecho terrible, oscuro y jamás dilucidado, se produjo entonces. El 14 de septiembre de ese mismo año. Dos días después de la retirada total de las tropas palestinas hacia el valle de Al Bekaa, estalló una carga explosiva que terminó con la vida del Presidente Libanés y líder falangista Basheer Gemayel. Obviamente, (Israel) y sus aliados –así como gran parte de la prensa occidental- culparon de ese atentado, con extraña premura, a los hombres de Al-Fatah (*).

Los falangistas cristianos libaneses movieron sus fuerzas con extrema rapidez en procura de venganza, alentados por la presencia de militares israelitas, quienes cercaron los campos de refugiados prohibiendo a sus habitantes salir de ellos y transformando los campamentos de Sabra y Shatila en verdaderos ghettos. La tragedia y la masacre eran previsibles, pero el ‘mundo civilizado’ guardó silencio, así como también cerraron sus ojos y oídos todas las organizaciones supranacionales.

Aprovechando la pusilanimidad de esos organismos, y violando de manera flagrante los acuerdos firmados por Israel ante las Naciones Unidas, Ariel Sharon ordena a sus tropas tomar posesión de Beirut Occidental, zona en la que se encontraban los campos de refugiados palestinos de Bourj al Bourajne, Sabra y Shatila.

Según el Cuarto Convenio de Ginebra, desde ese mismo instante, Ariel Sharon -en su calidad de líder de las fuerzas ocupantes-, es el responsable de la integridad y vida de los civiles en las zonas invadidas bélicamente.

Es así como un día después de dicho movimiento de tropas israelitas, 150 milicianos falangistas, fuertemente armados y bajo la permisiva mirada de los soldados israelíes, se introducen en los campamentos para masacrar, casa por casa, a miles de civiles indefensos...la mayoría de ellos, mujeres, ancianos y niños.

Durante tres días y tres noches, los 150 genocidas asesinos de la Falange Cristiana Libanesa, comandada por Elia Hobeika y amparada por las fuerzas militares judías, tuvieron campo libre en los sitiados campamentos de Sabra y Shatila para asesinar paciente y brutalmente a miles de refugiados palestinos que no contaron con defensa alguna por parte de ‘civilizadas y cristianas’ naciones como EEUU, Francia e Italia, que habían comprometido sus celos y cuidados de esos campamentos ante la opinión pública mundial.

Los ‘objetivos bélicos’ de los falangistas libaneses apoyados por las tropas de Sharon no fueron soldados ni guerrilleros palestinos, sino mujeres embarazadas a las que se les abrieron en surcos los estómagos, y niños a los que se les cortaron los genitales, así como familias enteras a las que se les ametralló en sus mismas casas. No existe una cifra oficial de muertos, pero a la Cruz Roja Internacional, contando los muertos y desaparecidos, no le fue difícil dar un total de seis mil personas víctimas de la brutalidad ejercida por la falange cristiana libanesa y sus defensores israelíes.

Un resumen perfecto de lo visto a la entrada a los campamentos después de la masacre lo dio Mirna Mugitehian, enfermera de la Cruz Roja Internacional:
“los torturaron a todos, atados de manos y pies. Luego, a los hombres les cortaron las manos y los pies, y a las mujeres los pechos”.

Ante el Derecho Internacional, el desenlace de la masacre de Sabra y Shatila, convirtió a Ariel Sharon en un criminal de guerra. Un juicio llevado a cabo en su contra –meses más tarde- por tribunales belgas, fue abortado porque en ese momento tenía el título de Primer Ministro de Israel y no porque inexistieran suficientes pruebas para juzgarlo.

En enero de 2002, el principal aliado de Sharon en El Líbano, Elia Hobeika, voló por los aires luego de que una carga explosiva destruyera su Mercedes Benz en Beirut. Hobeika era considerado responsable material de la masacre, pero él lo negaba tajantemente.

Justo al sábado siguiente de ese atentado, Hobeika debía declarar ante los tribunales belgas, y según él mismo había informado a la prensa, tenía pruebas irrefutables de que el rol de Ariel Sharon en la masacre de Sabra y Shatila había sido mucho más relevante del que Israel señalaba. “”Lo que voy a decir y demostrar va a provocar estupor”, había declarado el fanático Hobeika a Josy Dubie, un parlamentario belga. Por cierto, Tel-Aviv y el Mossad negaron toda posible responsabilidad en el asesinato de Elia Hobeika (**).
Lo concreto es que nadie fue juzgado en un tribunal imparcial frente a lo sucedido en septiembre de 1982 en los campamentos de Sabra y Shatila, en Beirut, donde estaban hacinados miles de refugiados palestinos.





(*) A partir del año 1988, gracias a investigaciones periodísticas europeas y árabes independientes, se estableció que fue el Mossad (agencia de inteligencia israelí) quien coordinó el atentado que costó la vida al Presidente del Líbano, pues para Israel -y en particular para el fanático sionista Ariel Sharon, Ministro de Defensa en esa época y personaje más que influyente en el mismo Mossad- era imprescindible culpar a la organización Al-Fatah y a Yasser Arafat de un magnicidio, única forma de agenciarse el silencio mundial para invadir bélicamente Beirut. Esta ‘estrategia’, los judíos la habían aprendido del mismísimo Adolf Hitler, que, a finales de la década de 1930, la aplicó contra dos países que invadió seguidamente: Checoslovaquia y Polonia.

(**) Dentro del mismo Estado de Israel hay sectores políticos que apuntan al Mossad y a Sharon como responsables únicos y directos del atentado que le quitó ‘convenientemente’ la vida a Elia Hobeika, una semana antes de que este tuviese que presentarse ante un Tribunal belga que investigaba la masacre ocurrida en los campamentos de refugiados palestinos en Beirut Occidental.

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